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2 de mayo de 2017

Carta abierta a Tomás Pérez Francisco a 27 años de su desaparición forzada

Compartimos esta carta que nos envía Guadalupe Pérez Rodríguez, quien nos acompañó en el DEI durante el Seminario de Construcción Colectiva 2016 y ha asumido un compromiso cotidiano con la búsqueda de justicia para familiares de personas desaparecidas en México.

Papá de mi vida,

Los tiempos de la impunidad, la simulación, el olvido y la mentira nos llevan a estar 27 años separados.

Es tanto el tiempo que ha pasado desde aquella mañana del martes 1 de mayo de 1990 que saliste de casa y ya no te dejaron volver. En el camino te esperaban las hordas caciquiles de la Asociación Ganadera de Pantepec, las mismas que el 2 de junio de 1982 masacraron a 26 campesinos en la comunidad de Rancho Nuevo, ellos andaban al acecho, pero tú no pensaste que su sentencia de “a ver quién lo salva a él” se fuera a cumplir, o al menos no de ésta manera. Igual se pensó que te detendrían pero nunca que te fueran a desaparecer. Sabíamos de invasiones y destrucciones de milpas con tractores y ganado, de quema de casas, de detenciones, de exilios forzados, de asesinatos pero no de desaparición forzada.

Éste crimen que no conocíamos hacía tiempo que se venía practicando en nuestro país, sus antecedentes se remontan al 19 mayo de 1969, cuando militares al mando del capitán Antonio López Rivera detuvieron a Epifanio Avilés Rojas en Coyuca de Catalán, estado de Guerrero y entregado a los generales Miguel Bracamontes, Mario Arturo Acosta Chaparro y Miguel Nazar Haro en ciudad Altamirano. “Súbanlo y llévenlo al Campo Militar Número uno” ordenó el general Bracamontes señalando a la avioneta militar que lo trasladó a la mayor cárcel clandestina del país. A partir de entonces nada se sabe de Epifanio ni de los cientos y miles de mujeres y hombres que también fueron detenidos y desaparecidos en los años siguientes.

La tarde de hace 27 años volvías a casa, antes pasaste a ver a tu papá que estaba internado en la clínica de Mecapalapa, prometiste volver al siguiente día. En la comunidad de Ameluca te tomaste un refresco con don Herminio, sonreíste y bromeaste; y con doña Notilia compraste maíz, le dejaste pagado unos cuartillos de más ya que al otro día volverías por ellos, seguiste el camino, seguramente te encontraste a más personas que volvían de sus milpas. Pero en la entrada del rancho San Juan ya te esperaban los sin corazón que te detendrían, te persiguieron hasta que te bajaron de la yegua colorada, tiraron tus cosas, las regaron como demostración de fuerza y te subieron a la camioneta en la que te trasladaron y enfilaron hacia el rancho Las Palmas, ahí donde días antes retuvieron y torturaron a tus compañeros de la comunidad de La Sábana, antes tuvieron que pasar por el arroyo de Ignacio Zaragoza, como ya era tarde la gente iba a dar de tomar agua a sus caballos, uno de ellos fue tu ahijado Tomás, al que viste y reconociste ¡Tocayo, me llevan! lograste gritar antes de que tus verdugos te tiraran al piso de la camioneta. Hasta aquí tengo certeza de lo ocurrido, en Las Palmas solo lo imagino y me pregunto ¿Ante quién o ante quiénes te entregaron? ¿A qué otros sitios te llevaron? ¿Quiénes más participaron? ¿En dónde estás? ¿En dónde te tienen? son las preguntas que no han tenido respuesta, lo único real es la impunidad de los responsables.

Pero papá, no todo es horror y aunque tuvimos miedo logramos levantarnos, no solo para buscarte y denunciar tu desaparición, sino también para vivir y en esa vida hacer un poquito de lo que pensabas y soñabas. Dejamos Agua Nacida y nos fuimos a vivir con mis abuelos, tus suegros y cuñados que siempre te recuerdan. Mi mamá tuvo que trabajar fuera de casa, mi abue Antonia se convirtió en la abuela de tiempo completo, mis tíos y mi abuelo fueron a las reuniones y faenas desde la primaria hasta el bachillerato, siempre aclarando que yo era el sobrino y nieto, el hijo de Tomás. Mi abue María del Pilar te busco y espero hasta el último aliento. Estudie una carrera universitaria como tú querías. Crecí en la casa que tú ayudaste a construir y fui muy feliz, ahí empecé a conocerte mucho más y a tener orgullo de ser tu hijo.

Ahora tengo la edad que tú tenías cuando yo nací. Tienes muchxs sobrinxs que solo te conocen en fotografía y te quieren y extrañan igual que yo. Pero sobre todo papá, ni tu nombre ni tu presencia se fueron al olvido, están cada vez más vivos que nunca. Hoy, antes que publicara éstas líneas ya muchas y muchos que sin conocerte se reconocieron en ti y te recordaron, esa es la fuerza del corazón en días como hoy.

Malas noticias a quienes te detuvieron y desaparecieron porque pese a todo estamos de pie y no dejaremos de recordarte, de buscarte, de añorarte, de exigir tu presentación y el juicio y castigo a todos los responsables y sus cómplices.

En la certeza de tu existencia, en la reivindicación de tus sueños, en el orgullo de ser tu hijo escribo éstas líneas con el pedacito de seis años de abrazos, risas, cariños y amor compartidos.

Que sea éste el comienzo de más palabras, si lo sabemos y sentimos nosotrxs que lo sepan y lo sientan cada vez más en todo el mundo. ¡Hasta que la dignidad y la memoria se nos hagan costumbre!

Con amor,
Tu hijo que te escribe hoy y te quiere siempre.
Guadalupe Pérez Rodríguez.

“Pero es bello amar al mundo con los ojos de los que no han nacido todavía.”
Otto René Castillo

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