Democratizar la teología: las infancias como sujetos teológicos

Texto de: Cristian Castro Hidalgo/ Teólogo

Usualmente, cuando hablamos de incidencia política pensamos en parlamentos, políticas públicas, instituciones y personas con capacidad de tomar decisiones que influyan en la vida de todas las personas. Pensamos en leyes, decretos, programas públicos, presupuestos y procesos electorales. Y no es que esto no sea incidencia, ni que no sea importante. Todo lo contrario: transformar las estructuras que organizan nuestra sociedad es una dimensión fundamental de la incidencia. Sin embargo, esta no es la única manera de incidir.

En mi experiencia laboral he podido ejercer como asesor legislativo y ver de primera mano cómo se toman decisiones que afectan a todo el país y a poblaciones específicas. He conocido los procesos de construcción de leyes, la negociación política, la elaboración de propuestas y las discusiones que ocurren alrededor de aquello que posteriormente se convierte en una política pública. Esa experiencia me ha permitido comprender que el poder también se encuentra en los lugares donde se decide qué vidas son consideradas, qué voces son escuchadas y qué problemas merecen atención.

Pero en mi experiencia pastoral he podido descubrir otra forma de incidencia que, aunque quizá sea menos visible, no es menos política: la democratización de la teología.

Cuando hablamos de democratizar la teología, hablamos también de preguntarnos quién tiene derecho a hacer teología. ¿Quién puede interpretar la Biblia? ¿Quién puede formular preguntas sobre Dios? ¿Quién puede cuestionar nuestras tradiciones? ¿Quién puede producir conocimiento sobre la fe? Durante mucho tiempo hemos asumido que la respuesta a estas preguntas son las personas adultas, especialmente aquellas que cuentan con una formación teológica, ocupan posiciones de liderazgo o poseen algún tipo de autoridad dentro de la Iglesia.

Y aquí aparece uno de los grandes problemas de nuestras comunidades: son profundamente adultocéntricas.

Nuestras liturgias, sermones, espacios de formación y servicios suelen estar pensados fundamentalmente para un público adulto. A las infancias les corresponde, usualmente, ir a otros espacios mientras “los adultos hacen cosas de adultos”. De esta manera, construimos una especie de frontera dentro de la propia comunidad eclesial: por un lado están quienes participan de aquello que consideramos verdaderamente importante; por otro, están los niños y las niñas, que reciben una versión adaptada, simplificada y muchas veces desconectada de aquello que sucede en el resto de la comunidad.

La Escuela Dominical termina convirtiéndose, en ocasiones, en una especie de sala paralela de la Iglesia. Mientras la comunidad adulta reflexiona sobre el Evangelio del domingo, las infancias pueden estar hablando de otro relato bíblico. Mientras se celebra un tiempo litúrgico determinado, sus actividades pueden no tener ninguna relación con él. Mientras las personas adultas participan de procesos de formación sobre la fe, la justicia, la vida comunitaria o los desafíos del mundo contemporáneo, a los niños y niñas se les ofrecen únicamente actividades consideradas “para su edad”.

El problema no está en adaptar los contenidos. Evidentemente, no podemos pretender que un niño de cinco años procese un texto teológico de la misma manera que una persona adulta. Adaptar los lenguajes, las dinámicas y las metodologías es necesario y constituye una parte fundamental de cualquier proceso educativo. El problema aparece cuando adaptar significa simplificar hasta vaciar de contenido, o cuando asumimos que las infancias no tienen nada que aportar al pensamiento teológico.

Fue observando esta realidad que surgió la iniciativa de crear materiales de Escuela Dominical que siguieran el calendario litúrgico, pero que también hicieran algo elemental: brindar a los niños y las niñas la oportunidad de hacer preguntas, reflexionar y profundizar sobre su fe.

En otras palabras, materiales que permitan que sean las propias infancias quienes hagan teología.

Esto puede parecer una afirmación extraña. Estamos acostumbrados a pensar la teología como una disciplina reservada para universidades, seminarios, libros especializados y personas con formación académica. Sin embargo, hacer teología también significa algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: preguntarnos qué significa nuestra fe, cómo comprendemos a Dios, cómo interpretamos las historias bíblicas y qué relación existe entre aquello que creemos y la manera en que vivimos.

Cuando una niña pregunta por qué en una historia bíblica casi siempre son los hombres quienes hablan, está haciendo teología.

Cuando un niño pregunta por qué Dios permitió que ocurriera determinada situación en un relato bíblico, está haciendo teología.

Cuando una niña dice que no está de acuerdo con la manera en que representamos a Dios, está haciendo teología.

Cuando un grupo de niños juega, dibuja, cuenta una historia o imagina cómo habría actuado Jesús en una situación concreta, también está haciendo teología.

Por eso, el respeto a sus cuestionamientos y a sus procesos resulta elemental. No se trata de construir espacios en los que la persona docente sea quien posee todas las respuestas y los niños y niñas sean únicamente receptores de información. Se trata de comprender a quien acompaña el proceso educativo como una persona facilitadora, alguien que crea las condiciones para que las infancias puedan preguntar, imaginar, interpretar, discutir y construir sentidos alrededor de su experiencia de fe.

Esto implica un cambio importante en nuestra manera de entender la educación cristiana. No enseñamos teología únicamente a las infancias; hacemos teología con ellas.

Y esto tiene consecuencias profundas. Si tomamos en serio la capacidad teológica de las infancias, entonces también tenemos que tomar en serio sus preguntas. No podemos responder automáticamente “porque así lo dice la Biblia” como una forma de cerrar una conversación. Tampoco podemos considerar sus preguntas como una interrupción del proceso educativo. Una pregunta difícil no es necesariamente un problema que tenemos que resolver; puede ser precisamente el lugar desde donde comienza la reflexión teológica.

Quizá una de las tareas más importantes de quienes acompañamos procesos de formación cristiana sea aprender a convivir con preguntas para las cuales no tenemos respuestas inmediatas.

¿Dónde queda el género en todo esto? 

Pues bien, es un enfoque transversal. Cuestionar el patriarcado no se agota en las dinámicas de lo masculino y lo femenino. Las relaciones de poder atraviesan muchas otras dimensiones de nuestra vida. La edad también puede convertirse en una categoría desde la cual se distribuye el poder, la autoridad y la legitimidad de la palabra.

Así como durante siglos se ha cuestionado la idea de que las mujeres no podían producir conocimiento teológico porque supuestamente carecían de la autoridad necesaria, también debemos preguntarnos qué ocurre cuando asumimos que las infancias no pueden producir conocimiento porque “todavía son muy pequeñas”.

El adultocentrismo establece una jerarquía epistemológica: las personas adultas sabemos y las infancias aprenden; las personas adultas hablan y las infancias escuchan; las personas adultas interpretan y las infancias reciben interpretaciones. De esta manera, la edad se convierte en un criterio para determinar quién puede ser reconocido como sujeto de conocimiento.

Por eso, una educación cristiana con perspectiva de género debe ser capaz de cuestionar también esta distribución de la autoridad.

Esto no significa eliminar las diferencias entre personas adultas, adolescentes, niños y niñas. Tampoco significa negar las responsabilidades particulares que tenemos quienes somos adultos. Significa reconocer que la diferencia no tiene por qué convertirse en desigualdad.

Una niña no necesita ser adulta para que su pregunta tenga valor. Un niño no necesita tener una licenciatura en teología para interpretar un relato bíblico. Las infancias no necesitan ocupar un cargo dentro de la Iglesia para ser escuchadas. Y, sobre todo, no necesitan esperar a crecer para convertirse en miembros plenos de la comunidad cristiana.

Por eso, estos procesos de reflexión no solo buscan visibilizar a las mujeres de los relatos bíblicos, hacerlas protagonistas y cuestionar las representaciones patriarcales de nuestras Escrituras. También buscan cuestionar quién posee la autoridad para interpretar esos relatos. Democratizar la teología implica abrir espacio a otras voces y reconocer otras experiencias, incluyendo las voces de quienes históricamente han sido considerados demasiado pequeños para hablar.

Y aquí aparece algo que considero especialmente importante: el juego. En ocasiones, la Iglesia ha tratado el juego como algo secundario. Como una herramienta para “hacer más entretenida” la clase o como un descanso entre contenidos verdaderamente importantes. Pero el juego también es un lenguaje mediante el cual las infancias piensan, construyen relaciones, procesan experiencias y elaboran preguntas sobre el mundo.

Si queremos hacer teología con niños y niñas, entonces tenemos que permitir que hagan teología también jugando. Dibujar puede ser una forma de interpretar la Biblia. Representar una historia puede ser una forma de preguntarse por Dios. Construir con las manos puede ser una forma de hablar sobre la creación. Jugar puede ser una forma de imaginar el Reino de Dios. La creatividad no es un elemento accesorio de la educación cristiana: puede convertirse en una metodología teológica.

El Pacto Bautismal y la comunidad de todas las edades

Finalmente, todo esto se enmarca, para mí, en un principio básico: el Pacto Bautismal.

Si los niños y las niñas, al igual que las personas adultas, tenemos el mismo estatus de miembros del Cuerpo Místico de Cristo, entonces la educación que brinda la Iglesia debe reconocer esa misma dignidad. Esto no significa que todas las personas aprendamos de la misma manera ni que los contenidos deban presentarse exactamente de la misma forma. Significa que ninguna persona debe ser considerada un miembro de segunda categoría dentro de la comunidad cristiana. Las infancias no son “la Iglesia del futuro”. Son la Iglesia del presente.

Esta afirmación puede parecer sencilla, pero tiene implicaciones enormes. Cuando decimos que los niños y niñas son la Iglesia del futuro, corremos el riesgo de transmitirles que su participación actual es preparatoria, provisional o secundaria. Como si primero tuvieran que crecer, aprender suficiente doctrina y convertirse en adultos para que entonces sus voces fueran realmente importantes.

Pero el bautismo nos recuerda algo diferente: ya pertenecen al cuerpo de Cristo. Por eso, una Iglesia que toma en serio su Pacto Bautismal debe preguntarse si sus estructuras, sus liturgias y sus procesos educativos reflejan realmente esa pertenencia. 

¿Dónde están las infancias cuando tomamos decisiones sobre la vida de nuestras comunidades?

¿Sus preguntas llegan a los espacios donde pensamos la Iglesia?

¿Les damos oportunidades reales para participar o únicamente actividades para mantenerlas ocupadas?

¿Las escuchamos o simplemente esperamos que aprendan a escucharnos?

Estas preguntas no son solamente educativas. Son preguntas eclesiológicas y, por tanto, también teológicas. Democratizar la teología es reconocer la capacidad de los niños y las niñas, no solo como seres humanos plenos, sino también como miembros plenos de la Iglesia. Es reconocer que Dios no habla únicamente a través de quienes tienen títulos, cargos o experiencia. Es aceptar que la comunidad cristiana puede aprender también de quienes todavía están creciendo.

Quizá, al final, democratizar la teología no significa simplemente enseñar más teología a más personas. Significa transformar nuestra idea de quién puede hacer teología. Significa pasar de una Iglesia que habla a las infancias a una Iglesia que habla con ellas. Pasar de niños y niñas como receptores a niños y niñas como participantes. Pasar de una educación basada únicamente en respuestas a una educación que tenga el valor de abrir preguntas. Y, sobre todo, pasar de pensar que las infancias algún día serán sujetos teológicos a reconocer que ya lo son.

Tal vez una de las formas más profundas de democratizar la Iglesia sea precisamente aprender a escuchar las preguntas que hacemos cuando todavía somos pequeños. Porque quizá algunas de esas preguntas no necesitan ser corregidas por los adultos; quizá necesitan ser escuchadas por toda la comunidad.